En Caracas de 8 a 5. Capítulo XIII Mañana será otro día.

Capítulo XIII
Mañana será otro día.

El tiempo se enreda inexorablemente en las paredes del restaurante Le Cordon Bleu, rebota y se arremolina en los meandros del  damasco rojo de la tela que las tapiza, hasta que los filamentos del laberinto penetran en los mecanismos que le permiten discurrir y los inutiliza. La mayor parte de él no entra en la trampa; continúa afuera, en los alrededores, con su funcionamiento normal, atestiguando la extinción de la arquitectura caraqueña que lo circunda. Al norte, moles inviables recién construidas la parasitan, pontificando un concepto de urbanismo retorcido y populista que mortifica a sus habitantes y a quienes las rodean. Al sur, la Plaza Venezuela recae recursivamente en la aridez, y la Universidad Central se extingue poco a poco. En  los tres salones del restaurante, afrancesados y decadentes, la supresión temporal facilita ignorar todo cuanto pasa más allá: aún vive en ellos una cocina casera, abundante y sabrosa, que se sirve fundamentalmente al mediodía. En la noche, la gastronomía da lugar a jornadas cerveceras juveniles. “Pidan el hervido, aquí todo es bueno, pero pidan el hervido para que vean. Si lo hacen no vayan a ordenar más nada, que eso es una comida completa”, recomendaba enfáticamente el Dr. Zamora, “claro que al que quiera la especialidad, que es el cordón bleu, no le va a ir nada mal.”

Zamora no era rechazado por nadie en la notaría, salvo por César y Oneida, que tenían razones personalísimas. Su excentricidades resultaban divertidas y su espíritu fiestero animoso; era normal que llevara a beber y  picar a algunos compañeros con bastante frecuencia. No obstante, jamás había invitado a todo el equipo a almorzar, ni siquiera había compartido tragos más allá de las fronteras de la urbanización El Paraíso. Resultaba raro que los hubiera convocado a todos un sábado al mediodía, tan lejos de la zona que usualmente frecuentaban. 

Los hervidos constaban de tres platos para cada comensal: carne, verduras y caldo, por lo que su aglomeración en la mesa y los tragos que los acompañaban sugerían un festín. A pesar de ello, el ambiente era muy tenso. Una vez que una ronda de cafés y sambucas concluyó la comilona, Zamora se recostó en su silla y se acarició su calva occipital con la mano derecha mientras veía el Techo de cielo raso más o menos desvencijado. Se creó un silencio absoluto ante el temor de la posible confirmación de un temible rumor. “Los invité porque quiero comunicarles algo: nos jodimos todos.” Una sensación gélida se paseó por la mesa. “De ahora en adelante el dinero recolectado por nuestros servicios irá al gobierno central sin que ningún porcentaje se reparta entre nosotros. Como saben, eso nos deja con un sueldo miserable y nada más. Es decir, acabamos de pasar de ser los funcionarios mejor remunerados de la administración pública a unos de los peores. Yo no voy a trabajar por tres centavos. El lunes recojo mis cosas y pongo mi renuncia. les recomiendo que vean opciones”. Después de ese estallido, César no pudo oír más. El cuarto amarillo se iluminó con el fogonazo que acompañó la explosión, y la imagen de la puerta abierta se grabó en sus ojos durante varios segundos impidiéndole ver ninguna otra cosa. Luego sintió la fuerza que lo acostaba boca abajo en el suelo y le llevaba las manos a la espalda.

Cuando una media hora después, dejó de oír el zumbido, pudo escuchar el final del parte que el líder de lo que sin duda era un comando de élite de la Guardia Nacional, le daba al hombre que se les había presentado como el general Humberto Miranda Luque: “…se negoció para que salieran con la rehén y fue posible neutralizarlos afuera. Me disculpa, mi general, fue necesario usar la granada aturdidora porque no podíamos estar seguros de que no hubiera un tercer sujeto con los rehenes”. “Sin novedad, capitán. Muy profesional la acción”, respondió el general, mientras pasaba su brazo por sobre los hombros de una Oneida llorosa, que lo veía con la misma mirada de enamoramiento que la había acompañado y perdido toda su vida.  Sentó a Oneida en una silla cercana, buscó en su bolsillo el papel donde había anotado el nombre de la rehén que los secuestradores habían intentado usar como garantía para dirigirse al carro que se les había ofrecido en la negociación, y se dirigió a los demás: “Me complace informarle que la señorita…Car…menhen…berg, está completamente ilesa. Fue llevada a una clínica porque el proceso de neutralizar a los secuestradores se dio mientras la estaban usando como escudo. Comprenderán que eso es una situación muy estresante y que es necesario que reciba atención médica para sus nervios y, bueno, para un chequeo de rigor. Pero está bien, está perfecta.”

Roger Troncone, sentado al lado de su escritorio, con los antebrazos reposando sobre sus muslos y la cabeza abatida hacia adelante, escuchaba la información sin levantar la mirada del piso.

- ¿Estás bien, Roger?- preguntó César.

-  Sí - Contestó sin mover la mirada del suelo- ¿Qué hora es?

- Las cinco.

- Mira tú, la hora de salida…¡qué bolas! -dijo, miro por un instante a César con una sonrisa resignada, y volvió a bajar la cabeza para ocultar sus lágrimas.

“Afortunadamente, tuvimos una información temprana de la situación irregular -continuó Miranda Luque- y llegamos antes que la policía decidiera tomar alguna acción posterior al tiroteo inicial, que no generó bajas. En realidad, lo que pasó fue que un par de malandritos se metió a robar a la panadería, un policía los sorprendió y vinieron a esconderse en la notaría. Si eso no se hubiera manejado bien habría podido ser una desgracia, porque ese tipo de antisocial es un coco seco adicto que hace cualquier cosa sin pensar. Llegamos en el momento preciso para retirar a la policía no especializada y manejar esto con gente de primera. Todo lo que queda del procedimiento administrativo lo vamos a asumir nosotros. La idea es que no sean molestados y mantener esto bajo perfil.  Habrá que dar unas declaraciones, pero ya han pasado por mucho. Lo que vamos a hacer es que mañana ustedes vienen a su trabajo como siempre y yo hago que los funcionarios vengan aquí para que se las tomen. Les voy a solicitar muy enfáticamente que no hablen con la prensa. Si hablan la cosa se va a complicar con mucha burocracia y averiguaciones. Lo importante es que estén tranquilos. Se dirigió a Carderón, quien abrazaba a la señora Gladys, hierática y con la mirada perdida.

- Funcionario, ¿esa señora tiene quien la acompañe a su casa? Si no tiene, nosotros le proporcionamos el transporte y todo lo que necesite, alguna pastilla que ella pueda tomar según instrucción médica…lo que ella requiera.
- Él es mudo general -Respondió César- La señora Gladys vive sola, en verdad le agradeceríamos mucho que la hiciera acompañar.

- No hay problema. Señora, la van a llevar hasta la puerta de su casa. Y si necesita que la acompañen un rato allá o que le busque algo, por favor se lo pide a los guardias nacionales.

- ¡Ay, general! Yo le agradezco mucho, pero ¿no podríamos terminar con todo lo de las declaraciones ya?  Yo quiero salir de esto.

-Ya salió, doñita, ya salió. Mañana o pasado, usted viene a trabajar tranquilita y eso se hace en un momentico. Relajada, que mañana la vida sigue normal. Mañana será otro día.

- ¡Qué buena vaina!- se lamentó, con una voz clara y profunda, el mudo Calderón.




Todos los personajes de En Caracas de 8 a 5 son producto de una ficción. 
Cualquier parecido con una persona de la vida real sería una lástima.

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